viernes, 05 de junio de 2009
El balneario, entendido como industria y conjunción de ocio y terapéutica, se
desarrolla en España a lo largo del siglo XIX y muy especialmente en sus décadas
finales, merced, entre otros factores, al desarrollo de una clase burguesa (con sus
implicaciones económicas y culturales) y a la ausencia de recursos farmacológicos de
probada efectividad.
Pero el establecimiento balneario no sólo ofreció aspectos culturales y sociales ricos
en contrastes y representantes de un momento histórico, sino que, en su propia
configuración terapéutica, respondió a su posición límite y ecléctica en el campo
científico.
Si las corrientes médicas no oficiales surgidas a mediados del pasado siglo fueron
acicate para que algunos círculos universitarios aplicasen métodos científicos al
estudio de las terapéuticas físicas, fueron los balnearios los que, en contienda
económica con los establecimientos hidroterápicos, introdujeron estos tratamientos
en la práctica ortodoxa. Así, nuevas formas de hidroterapia, aeroterapia, masaje,
gimnasia, mecanoterapia e, incluso, electroterapia encontraron lugar junto a las aguas
mineromedicinales y fueron reclamadas por una clientela espoleada a la regeneración
mediante la disciplina física.
Consciente de su idiosincrasia y de la suspicacia provocada en el científico más
ortodoxo, el balneario procuraba auspiciar el encuentro (a veces la contienda) entre
tradición e innovación, entre laboratorio y clínica, entre nuevas interpretaciones de
la enfermedad y resucitados conceptos hipocráticos. Incluso, durante la decadencia
experimentada en el presente siglo, ha permitido la coexistencia y aplicación de nuevos
descubrimientos científicos con planteamientos naturistas y no académicos que llegan
hasta nuestros días.
Es esta imagen fronteriza entre la ciencia oficial y lo marginal al mundo académico,
unida a la apertura empresarial para poder multiplicar su oferta, la que ha dotado al
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Panorama actual de las Aguas Minerales y Minero-medicinales en España
balneario de uno de sus valores más interesantes: el ser un espacio potencialmente
desprejuiciado de exploración interdisciplinar en pos de la salud.

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LA PARADOJA DEL AGUA
Resulta habitual que cualquier reflexión sobre la terapéutica con agua, sea ésta
mineromedicinal o no, incida en el extenso pasado y la persistencia ininterrumpida en
su uso. Sin embargo, pocas veces queda recogida esa continua transformación, sutil,
imperceptible a veces, que ha permitido a este tratamiento y al balneario adaptarse
con éxito a cada época. Esos cambios han puesto de manifiesto el carácter dúctil
del balneario (más ecléctico cuánto más próspero como industria), que le ha
conducido a auspiciar no sólo percepciones discordantes sobre su función, sino también
concepciones médicas y métodos francamente opuestos. De tales confrontaciones ha
derivado la introducción a partir del siglo XIX de técnicas terapéuticas que han
remodelado su espacio y a las que se dirige este estudio, donde se pretende mostrar
una imagen en negativo del balneario en España, desde la segunda mitad del siglo XIX
hasta el primer tercio del siglo XX, es decir, aquellos aspectos que no dependieron de
las aguas mineromedicinales ni de su administración por la ciencia hidrológica y que,
sin embargo, la condicionaron. Por tanto, los progresos de la química y la física se verán
sólo parcialmente reflejados en la medida en que el hallazgo de nuevos mineralizadores,
gases o radiactividad cambiaron las formas de aplicación de las aguas dando lugar a
nuevos ámbitos de tratamiento.
A lo largo del período del que se ocupa este trabajo podemos encontrar tres
tensiones principales que van a condicionar la evolución del balneario de aguas
mineromedicinales:
– la confrontación existente en la sociedad de la época entre la búsqueda del ocio y la
de una regeneración física y moral
– el enfrentamiento entre la ciencia académica y las corrientes no oficiales que
surgieron en Centroeuropa
– la competencia comercial entre los balnearios de aguas mineromedicinales y los
establecimientos hidroterápicos/fisioterápicos que se crearon en las grandes urbes.
Ocio y regeneración
La industrialización europea propició una nueva percepción de la ciudad como lugar
insalubre: la contaminación era sólo un aspecto visible del auténtico problema que se
intentaba eludir, generado por el éxodo de la población desde el campo para malvivir
hacinada en zonas carentes de una mínima infraestructura urbana. Tales condiciones
de vida favorecieron un cambio en la morbimortalidad y la tuberculosis se convirtió en
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la enfermedad del siglo. Sífilis y alcoholismo contribuyeron también a que moralistas,
higienistas, científicos y todo tipo de pensadores introdujesen en sus discursos el
concepto de degeneración de la raza o del hombre, desde perspectivas biológicas o
sociales, y propusiesen programas de regeneración que pasaban por cruzadas religiosas,
eugenésicas o, como en el caso que nos ocupa, terapéuticas. En este sentido, los
pacientes eran conscientes de la ineficacia de los métodos terapéuticos existentes e,
incluso, de la iatrogenia, lo que justificaba que los tratamientos menos agresivos tuviesen
un marcado éxito. Si a ello unimos la revalorización del campo (por su contraste con
ese nocivo entorno urbano) y de los remedios naturales (cargados de un simbolismo
regenerador), comprenderemos que esa naciente burguesía, con tiempo y dinero
suficiente para el ocio, diese origen al concepto de vacaciones terapéuticas para las que
el balneario se ofrecía como lugar idóneo.
Ciencia oficial y corrientes alternativas
Los estragos producidos por la introducción de los alcaloides y la terapéutica
antiirritativa de Broussais son ejemplos que explican la actitud de algunos facultativos
que optaron por conductas expectantes, tratamientos inofensivos y preferentemente
naturales y confianza en el poder curador de la naturaleza: un forzado regreso
al hipocratismo, auspiciado por la valoración romántica de la naturaleza. En tales
circunstancias, los métodos desarrollados por empíricos como Priessnitz se adaptaron
bien a esa concepción: promover la sudoración y la posterior reacción del organismo
mediante la aplicación de agua fría podía ser interpretado en clave hipocrática por
los médicos. El éxito social del también llamado “método de Graefemberg” (el pueblo
donde Priessnitz lo practicaba) llevó a que, en la escuela vienesa, Johann Oppolzer
crease un círculo de discípulos dispuestos a estudiar ésta y otras técnicas empíricas,
cada vez más populares en Europa, e intentaran darles una fundamentación científica.
Aunque se produjeron muchas críticas por parte de los más ortodoxos, fue de esta
forma como Winternitz transformó la hidrosudopatía en hidroterapia, al igual que Von
Vivenot convirtió la cura atmosférica de Rikli en climatoterapia.
Balnearios y establecimientos urbanos
Será éste el aspecto que centrará el resto de la exposición. El establecimiento urbano
surge como fruto de las corrientes hidroterápicas europeas, tanto de las empíricas como
de las científicas. En España, aunque con algunos antecedentes que mencionaremos,
podemos distinguir las siguientes fases:
– Introducción de la hidropatía o método de Priessnitz, tanto en su forma más pura
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como en las versiones modificadas que se llevaron a cabo en ciudades y balnearios
de aguas mineromedicinales.
– Hidroterapia científica, surgida a partir de los trabajos de Winternitz y Fleury.
– Hidroterapia naturista / kneippista, que consistió en la aplicación del método
del abate Kneipp, pero que no se tradujo en establecimientos propios, sino en la
incorporación tardía de la técnica a algunos balnearios y, sobre todo, la incorporación
de la misma a la autoterapia y prácticas naturistas.
Las posibilidades ofrecidas por una terapéutica con agua, independiente de un
manantial, permitió el desarrollo de una industria en la que la diversificación de la
oferta supuso un reto para los balnearios más tradicionales y propició importantes
cambios.

Fuente: aguas.igmes.es
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